Algunos de los mejores recuerdos de mi vida están relacionados con mi Abuelo, Luis Salinas. Una de las personas más vitales que haya conocido. Por ese mismo motivo me tenía prohibido llamarle abuelito o tata, porque consideraba que tales apelativos estaban reservados para personas que se encontraban en franca decadencia física... Todo lo contrario de él, un hombre que durante largos años fue voluntario de la Cuarta Compañía de Bomberos de Puerto Montt.
Como siempre, se sentó frente al volante de su Taxi y se dirigió al Terminal de Buses para tomar pasajeros. En aquella época -principios de los 90- no era un gran negocio ser taxista, porque las personas preferían viajar en taxis colectivos. Supongo entonces que mi Abuelo creyó que sería una buena jornada cuando estos tipos se subieron a su auto y le pidieron que los llevara a una dirección algo alejada.
El estrés de la situación fue demasiado fuerte y su salud se resintió. Desarrolló una afección cardíaca y de pronto, ese hombre lleno de vitalidad, perdió toda su energía. Se cansaba fácilmente con sólo caminar unos cuantos metros, ni hablar de subir una escalera. Para un hombre como él, esta era una situación inaceptable. Por ello tomó la decisión de someterse a una operación de by-pass en Santiago... murió producto de una infección intrahospitalaria.
Cuando volví a la Universidad, mi vida retomó su cauce normal, excepto por las noches. Comencé a dormir mal, a sobresaltos y con pesadillas constantes. Pensaba mucho en mi Abuelo en aquel entonces, y en las cosas que me habría gustado decirle. Éstas imágenes colmaban mis sueños. Pensé que la situación mejoraría, pero derivó en una escalada de pesadillas peores.
En mi pieza había un escritorio que se encontraba al lado de la cama, de tal modo que yo podía levantarme y tomar la silla para trabajar para empezar a trabajar. Pero de pronto comencé a notar que cada vez que despertaba la silla estaba girada, apuntando hacia mí, como si alguien se sentase en ella y me viese dormir. Fue entonces que empecé a sospechar de mis compañeros de pensión, que de algún modo estaban tratando de jugarme una broma pesada... los hechos demostrarían que estaba equivocado.
Una mañana, me iba a la Universidad cuando la tía Sonia -la dueña de la pensión- me atajó justo cuando pasaba frente a la cocina.
-Marcelo. ¿Te puedo hacer una pregunta?.
-Claro, dígame.
-¿Tú le rezas a tu abuelo?.
A mi mente vinieron las palabras que le dirigía en las noches.
-ehhhh... podría decirse que sí.
-ah, entonces es él quien te viene a ver en las noches.


